La tecnología nos entrenó para decidir rápido. Un clic, un aceptar sin leer, un “sí” automático. Todo fluye tan rápido que pensar parece opcional. Y ahí es donde empiezan los problemas.
En el mundo tech, muchas decisiones no rompen nada de inmediato, pero sí dejan consecuencias: datos mal usados, productos que priorizan métricas sobre personas o soluciones que funcionan… hasta que alguien pregunta
“¿y esto era correcto?”.
Aquí es donde entra un tema que casi nadie quiere discutir en serio: la ética. Y sí, aunque a algunos les incomode, la ética bíblica sigue siendo una referencia sólida cuando toca decidir sin manual, sin ley clara y sin supervisión directa, aunque este punto también depende, ante que ética estamos… podría ser empresarial, que tendría que tener un fundamento más neutro, que vaya acorde con toda la sociedad, porque no todos comparten un mismo valor, pero si tendrían que ser socialmente aceptadas.
Y es aca donde, entra algo muy especifico, No se trata de religión, sino de principios, honestidad, integridad, responsabilidad. Cosas básicas que suenan obvias hasta que hay presión por resultados, plazos o números. La ética bíblica sirve justo ahí: cuando el atajo es tentador y nadie está viendo, esto tomando como punto de partida la biblia, aunque existen otros canones en que se pueden fundamentar para una mayor aceptación social.
En tecnología, muchas decisiones no están reguladas. Qué datos recolectar, cómo usarlos, hasta dónde optimizar, cuándo decir “esto no se siente bien”. El código no decide eso. Las personas sí. Y las personas deciden según los valores que tienen. Además, las decisiones éticas construyen algo que no se puede comprar ni optimizar, personas, proyectos y marcas se definen más por cómo actúan en momentos incómodos que por lo bien que se venden cuando todo va bien.
La ética bíblica propone algo incómodo para la era digital: pensar antes de actuar y asumir las consecuencias. No todo lo que se puede hacer debería hacerse, aunque sea técnicamente posible o legalmente permitido. Y sí, puede sonar viejo en un mundo que vive de lo inmediato, pero sigue siendo relevante. Porque la tecnología avanza rápido, pero el criterio no se actualiza solo.
Al final, entre tanta automatización, sigue siendo una ventaja competitiva algo muy humano: decidir bien cuando decidir mal sería más fácil.
